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Ojo privado. Detectives zona de Retiro. Madrid. Eficacia, confidencialidad. Ojo privado. Detectives zona de Retiro. Madrid. Eficacia, confidencialidad.

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11 abril, 2017


Infidelidades, insolvencias fingidas, investigaciones financieras o laborales y herencias son el terreno de caza habitual de un detective privado, que debe conseguir las pruebas a base de paciencia, tras horas y horas de acecho que no siempre tienen recompensa.

Es una de las escenas de una conocida comedia: un hombre entra en un taxi y le espeta al conductor adormilado:“¡Siga a ese vehículo!”. El taxista responde con frenesí: “Llevo toda la vida esperando oír esa frase”. Pero el coche perseguido no es más que el camión de la mudanza. La vida tiene alma cotidiana. No se parece en nada al cine. Quienes mejor lo saben son los detectives, que en Galicia acaban de estrenar colegio profesional. El romántico arquetipo de Humphrey Bogart con gabardina y pitillo a medio fumar en los labios que seduce a las descarriadas hijas de magnates y políticos en tórrridas madrugadas de whisky y neón es pura leyenda.

Para empezar, los duros están dando paso cada vez más en la profesión a las observadoras. “Cuando te pasas sola desde las seis de la mañana en invierno embutida en el coche para comprobar si alguien sale o no de una casa y con quién, toda esa imagen literaria y cinematográfica de los detectives se va al carajo”, confiesa una mujer detective que trabaja en A Coruña —de las 2.400 licencias de detectives privados emitidas por el Ministerio del Interior, 700 corresponden a mujeres— y que prefiere mantener el anonimato.
Su mayor temor es que haya “contacto visual con el vigilado”. Hay un momento crítico cuando éste sospecha y el detective tiene que saber cuándo desaparecer.

“Te vas y luego vuelves a la carga junto a otros compañeros y con otro operativo, dejando pasar un tiempo si es posible”. A veces, el vigilado se convierte en vigilante. “Te espera en un callejón, te pregunta: ‘¿Me estás siguiendo?’, y has de negarlo. Y luego en el juicio, a testificar [el testimonio de los detectives vale como prueba], y te reconocen, la gente se queda hecha polvo: ‘Pero si era ella…”. Algunos se ponen agresivos. “Una vez, un chico que estaba de baja en una empresa y le grabé martillo neumático en mano haciendo una zanja para otra me quiso pegar”.
O puede pasar que crean lo que no es: “Que quieres ligar”. “Me sucedió en un club. Iba tras un tipo y me tuve que esconder en el lavabo porque ya se dirigía entusiasmado a por mí”.

Seguimiento

“Seguimiento”, así llaman los detectives a su tarea más habitual. Siempre tediosa e interminable: “A veces dura meses hasta que das con lo que buscas: el beso en la boca delator, el encuentro que relaciona a un empleado de una empresa con el de otra de la competencia, la señora que dice estar lesionada y luego la pillas andando con tacones por la calle”.

Las secuelas de los divorcios ocupan un alto porcentaje en las cuentas de las agencias de detectives.
“Como cuando alguno de los cónyuges no paga la pensión, alegando que está sin trabajo. Comienzan las pesquisas y averiguas que tiene dos coches, un chalé… En muchas ocasiones fingen una situación que no es real; como una doble vida”, argumenta Gonzalo Solís, director de la agencia Inve.

Pero la variedad de encargos que se solicitan en los despachos de los investigadores privados no tiene fin: padres que sospechan de que sus hijos puedan estar metidos en el mundo de las drogas, fallecimientos de familiares en extrañas circunstancias, intrusismo profesional, herencias, insolvencias fingidas, búsqueda de personas, investigaciones financieras, conflictos de arrendamientos, como el caso “del local o piso de renta antigua de dos mil pesetas. Los inquilinos lo realquilan a estudiantes con un alto precio, sin el consentimiento de los dueños, por supuesto, que no saben nada”, dice Gonzalo.

La ley

Pero, también hay personas que les proponen infringir la ley: “Te piden que pinches un teléfono, que les ayudes a secuestrar a sus hijos y llevárselos fuera del país, o te ponen un cheque en blanco en la mesa para que le hagas un trabajito”, revela Gonzalo. “Pero sería una estupidez por nuestra parte aportar una prueba en un juicio conseguida de forma ilegal, ya que el juez nunca la admitiría y no tendría ninguna validez. Es más, puede anular todas las pruebas anteriores presentadas durante el juicio”, admite.

La parafernalia electrónica y digital ha revolucionado por completo las investigaciones. Microcámaras camufladas en corbatas, en un botón o en un archivador; auriculares invisibles, gafas con retrovisor, cámaras fotográficas de alta sensibilidad… son las armas que hoy en día emplean los modernos investigadores privados. Así obtienen más rendimiento en menos tiempo. “Antes tenías que acercarte tanto, para hacerle una foto a alguien, que casi siempre o te daban un leñazo o salías corriendo”, recuerda el veterano Juan Santos Gayoso, más conocido por el nombre de su agencia: Napoleón.

Dicen las mujeres detectives que no es verdad que los casos de divorcios o adulterios se hayan reducido: “La ley del divorcio cambió el panorama, es verdad, pillar a alguien con otro u otra no es prueba, pero se sigue buscando la evidencia del adulterio por una cuestión de refuerzo social, si quieres; es una manera de mostrar a la familia que tú no has sido, que no tienes la culpa de la separación”.

Algunas detectives que son autónomas se niegan a coger casos de pareja. “Son casos como de mirones. Tienes que pillar el momento justo del beso, y eso me repatea. No me gustan. Es además más sacrificado, salidas nocturnas, todo eso. Prefiero quedarme con mi marido. Es morbo, morbo. Aún ahora, después de tantos años, no entiendo cómo alguien puede ponerle al otro un vigilante. Si sabes que te está engañando, háblalo, déjalo, intenta solucionarlo”.

Entre los casos más divertidos cita el de la señora que insistía en que el pene de su marido salía en una página de internet porque se veía en la imagen una silla de su dormitorio: “Y nos apuntamos a la página y localizamos al dueño del asunto, y no, no era”. O aquella señora de sesenta y pico años que sospechaba que su marido tenía una amante, y lo que hacía era irse con las prostitutas inmigrantes y luego se quejaba porque prefería que fuera una amante. “Dicen que por el sur hay un sacerdote que dice: ‘Yo os declaro marido y mujer hasta que la rusa os separe”, se ríe la detective.

Notificar

En ocasiones, aseguran pasar “un mal trago” cuando tienen que contarles a sus clientes el resultado de sus pesquisas “tratando de ser lo más delicados posibles sin hurgar en la herida”. Como uno de los casos que indagó Gonzalo en el que una mujer casada, embarazada de varios meses, le pidió que vigilase a su marido, porque creía que le era infiel. “Desde luego, le era infiel. Pero con otro”.

La mayoría de los investigadores privados coinciden en que contar siempre la verdad tiene dos caras: hay casos en los que se les dice a los clientes que sus sospechas eran ciertas y se van fastidiados, o hechos polvo, pero tranquilos, sus dudas quedaron aclaradas.

También puede pasar lo contrario. “Suele ocurrir cuando lo que le vas a contar a la persona después de una indagación son buenas noticias, que sus desconfianzas no tienen fundamento. Creen que les están mintiendo y no hay forma de convencerlos. Con las pruebas delante siguen empeñados en sus propias teorías, como el caso del señor que estaba totalmente seguro de que su mujer le era infiel. Le demostramos que no lo era, y el se empeñaba en que habíamos hecho mal nuestro trabajo. Algunos solo quieren que les cuentes lo que ellos quieren oír. En varias ocasiones, le tengo dicho a un cliente que lo que realmente necesita es un psiquiatra o un abogado, no un detective”, dicen Gonzalo y Napoleón.

Astucia, frialdad, inteligencia, grandes dosis de paciencia, mucha constancia, y ante todo ética, son rasgos que se ajustan al retrato robot de todo buen investigador privado, además de una diplomatura universitaria en Criminología, o estudiar tres años la carrera de detective que ya existe en algunas ciudades como Madrid, Barcelona y Alicante, y obtener la licencia del Ministerio del Interior para poder ejercer.

Diez años tardó Gonzalo Solís en esclarecer un caso de una muerte violenta en un cuartel de Ferrol. La muerte de un joven en extrañas circunstancias, en 1987. “Se dijo que había sido un accidente y punto. La familia me pidió que investigara el caso, y después de varios años sin bajar la guardia, conseguí las pruebas suficientes, con la colaboración de profesionales como el forense Fontenla —que en su informe de la autopsia demostró que había signos de violencia en el cadáver— para que el caso llegase a juicio”.

Fuente: La opinión de A Coruña
Texto: Santiago Romero

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